sábado, 28 de marzo de 2020

Hermosamente "extraño"


“No podían reunirse en una capilla; no podían reunirse bajo un pórtico; no podían reunirse en una pieza; los expulsaban de un cementerio y del patio de un molino… Don Bosco resolvió que se reunirían en un prado, sin más techo que el cielo. […] Y el prado sirvió para jugar, para saltar, y confesarse, y predicar, y enseñar a leer y a cantar[1]

Fue un domingo “hermosamente extraño”. ¡Tan raro y tan diferente! No pudimos hacer uso de los TEMPLOS, de las infraestructuras, de los bancos, de los púlpitos, de las aulas, de las plataformas, de los sistemas de sonido, de las luces, de los líderes de alabanza, no pudimos levantar las ofrendas (aunque supe de algunos casos novedosos), etc. En fin, no pudimos hacer uso de nada de todo eso que tenemos armado para llevar adelante un “culto” para la honra y gloria del Señor. Sé que suena un poco irónico, pero “bue”, pido disculpas. Y entonces ¿qué hacemos? De pronto, el pueblo evangélico tuvo que pensar en otra cosa.

Siempre me pregunté lo siguiente: ¿Qué pasaría si la iglesia de Cristo no tuviese templos? ¿Funcionaríamos del mismo modo? ¿Le pediríamos permiso a algún hermano con casa grande? ¿Cómo nos enteraríamos del que falta hace tiempo? ¿Cómo, a quién y dónde predicaríamos los pastores? ¿Qué pasó con el auditorio? ¿Cómo sobreviviría una iglesia del siglo XXI sin un templo (edificio) donde congregar a la gente?

El libro de los Hechos nos relata que los nuevos convertidos se congregaban regularmente para escuchar las enseñanzas de los apóstoles, tener comunión unos con otros, compartir el pan y orar. Me interesa mucho esto de la “comunión, compartir”. En el proceso de buscar palabras para expresar la nueva relación que los creyentes estaban experimentando por medio del Espíritu Santo, los apóstoles y otros discípulos se toparon con el término griego Koinonia. Se deriva de la raíz griega Koinos o “común” y tiene que ver con compartir o tener afecto por cosas en común.

Cuando en las iglesias se habla de Kononía, por lo general se usa para describir una actividad grupal puntual (el pic-nic, un social, el campamento, el aniversario de la iglesia, etc.). Y por supuesto, el Departamento o Comisión de Comunión se encargaría de esto. Si este fuese el sentido, cualquier grupo social tiene koinonía (el futbol, las carreras, etc.). Como dice Barclay, “Koinonía es el espíritu del dar generoso en contraste con el espíritu del obtener egoísta; se usa para expresar una relación íntima y cercana entablada por las personas.” Y aquí radica nuestra principal diferencia con los demás.

Entonces quisiera que nos preguntemos esto: ¿Podríamos ser una comunidad de fe si no pusiésemos en marcha el principio de la koinonía? Respuesta: definitivamente NO. Porque la koinonía es mucho más que un término griego. Es una forma de vida, es un cambio de paradigma, es una transformación del pensamiento humano, es la desaparición del yo, es la metamorfosis del individualismo. Es dejar de pensar primero en nosotros mismos para ver al otro como “superior” a uno mismo.

Este domingo de cuarentena fue “hermosamente extraño”. De pronto, todos experimentamos que el principio de la koinonía es cierto y practicable. Pudimos darnos cuenta de la importancia que tiene uno al lado del otro en el espíritu, aunque no físicamente. Hoy experimenté hasta las lágrimas que “somos iglesia en koinonía” aún sin estar juntos en el templo, y creo que fue más fuerte todavía.

Muchos conocen la historia de Eric Liddell (1902-1945). Aquel atleta que se rehusó a correr una final olímpica en día domingo. Años más tarde fue probado por Dios mucho más fuerte como misionero en la China. En aquel momento Japón entró en guerra con China y la hostilidad japonesa crecía cada vez más, de tal modo que le advirtieron que ya no se podrían celebrar servicios en la iglesia, al menos con no más de diez (10) personas presentes. Transcribo el siguiente párrafo:[2]
Eric pensó en el problema por largo tiempo y, por fin, se le ocurrió una solución. Decidió continuar preparando un sermón cada semana; pero en vez de predicarlo desde el púlpito, lo escribiría. Consiguió la ayuda de la esposa de otro misionero, quien invitó a nueve personas para tomar el te de la tarde. Mientras los invitados tomaban el té, la esposa del misionero repartió copias del sermón de Eric, el cual leyeron y comentaron. Entonces cada una de aquellas personas invitaron a otras nueve a tomar el té y repartieron a su vez, copias del sermón. Luego cada una de aquellas nueve personas hizo lo mismo con otras nueve, y así sucesivamente. De esta manera, al cabo de poco tiempo, toda la zona oía el sermón de la semana. […] La solución de Eric se llamó la “Iglesia del Te de la Tarde”.
Termino “según mi opinión” celebrando a Dios por los recursos que tenemos y que son suyos. Las Redes, Grupos, Canales de YouTube, Apps, Skype, líneas telefónicas, Facebook, y otros tantos más ayudaron a que la iglesia “se vea y se escuche”. Sin embargo, los cristianos del primer siglo nos enseñan dos cosas relevantes:
  • Se reunían para tener comunión -koinonia-, no un culto.
  • Nos muestran que la comunión nace de un encuentro transformador con Jesús. Si no, no tiene sentido.


Gracias Dios mío... Hoy, en este domingo “hermosamente extraño” entendí lo que significa ESTAR EN KOINONÍA CON MIS HERMANOS.


Dios te bendiga y buena jornada.



Lic. Roberto R. Góngora
Pastor - Licenciado en Teología




[1] Hugo Wast. Don Bosco y su tiempo (Buenos Aires, Ediciones Palabra), 126.
[2] Janet y Geoff Benge. Eric Liddell. Algo más preciado que el oro (USA, Ed. Jucum, 2003), 155.

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