“No podían reunirse en una capilla; no podían reunirse bajo un pórtico; no podían reunirse en una pieza; los expulsaban de un cementerio y del patio de un molino… Don Bosco resolvió que se reunirían en un prado, sin más techo que el cielo. […] Y el prado sirvió para jugar, para saltar, y confesarse, y predicar, y enseñar a leer y a cantar” [1]
Fue un
domingo “hermosamente extraño”. ¡Tan raro y tan diferente! No pudimos
hacer uso de los TEMPLOS, de las infraestructuras, de los bancos, de los
púlpitos, de las aulas, de las plataformas, de los sistemas de sonido, de las
luces, de los líderes de alabanza, no pudimos levantar las ofrendas (aunque
supe de algunos casos novedosos), etc. En
fin, no pudimos hacer uso de nada de todo eso que tenemos armado para llevar
adelante un “culto” para la honra y gloria del Señor. Sé que suena un
poco irónico, pero “bue”, pido disculpas. Y entonces ¿qué hacemos? De
pronto, el pueblo evangélico tuvo que pensar en otra cosa.
Siempre me
pregunté lo siguiente: ¿Qué pasaría si la iglesia de Cristo no tuviese
templos? ¿Funcionaríamos del mismo modo? ¿Le pediríamos permiso a algún hermano
con casa grande? ¿Cómo nos enteraríamos del que falta hace tiempo? ¿Cómo, a
quién y dónde predicaríamos los pastores? ¿Qué pasó con el auditorio? ¿Cómo
sobreviviría una iglesia del siglo XXI sin un templo (edificio) donde congregar
a la gente?
El libro
de los Hechos nos relata que los nuevos convertidos se congregaban regularmente
para escuchar las enseñanzas de los apóstoles, tener comunión unos con otros,
compartir el pan y orar. Me interesa mucho esto de la “comunión, compartir”.
En el proceso de buscar palabras para expresar la nueva relación que los
creyentes estaban experimentando por medio del Espíritu Santo, los apóstoles y
otros discípulos se toparon con el término griego Koinonia. Se
deriva de la raíz griega Koinos o “común” y tiene que ver con compartir
o tener afecto por cosas en común.
Cuando en
las iglesias se habla de Kononía, por lo general se usa para describir
una actividad grupal puntual (el pic-nic, un social, el campamento,
el aniversario de la iglesia, etc.). Y por
supuesto, el Departamento o Comisión de Comunión se encargaría de esto. Si este
fuese el sentido, cualquier grupo social tiene koinonía (el
futbol, las carreras, etc.). Como dice Barclay, “Koinonía
es el espíritu del dar generoso en contraste con el espíritu del obtener
egoísta; se usa para expresar una relación íntima y cercana entablada por las
personas.” Y aquí radica nuestra principal diferencia con los demás.
Entonces quisiera
que nos preguntemos esto: ¿Podríamos ser una comunidad de fe si no
pusiésemos en marcha el principio de la koinonía? Respuesta:
definitivamente NO. Porque la koinonía es mucho más que un
término griego. Es una forma de vida, es un cambio de paradigma, es una
transformación del pensamiento humano, es la desaparición del yo, es la
metamorfosis del individualismo. Es dejar de pensar primero en nosotros mismos
para ver al otro como “superior” a uno mismo.
Este domingo de cuarentena
fue “hermosamente extraño”. De pronto, todos experimentamos que el
principio de la koinonía es cierto y practicable. Pudimos darnos cuenta de la
importancia que tiene uno al lado del otro en el espíritu, aunque no físicamente.
Hoy experimenté hasta las lágrimas que “somos iglesia en koinonía” aún
sin estar juntos en el templo, y creo que fue más fuerte todavía.
Muchos
conocen la historia de Eric Liddell (1902-1945). Aquel atleta que se
rehusó a correr una final olímpica en día domingo. Años más tarde fue probado
por Dios mucho más fuerte como misionero en la China. En aquel momento Japón
entró en guerra con China y la hostilidad japonesa crecía cada vez más, de tal
modo que le advirtieron que ya no se podrían celebrar servicios en la iglesia,
al menos con no más de diez (10) personas presentes. Transcribo el siguiente
párrafo:[2]
Eric pensó en el problema por largo tiempo y, por fin, se le ocurrió una solución. Decidió continuar preparando un sermón cada semana; pero en vez de predicarlo desde el púlpito, lo escribiría. Consiguió la ayuda de la esposa de otro misionero, quien invitó a nueve personas para tomar el te de la tarde. Mientras los invitados tomaban el té, la esposa del misionero repartió copias del sermón de Eric, el cual leyeron y comentaron. Entonces cada una de aquellas personas invitaron a otras nueve a tomar el té y repartieron a su vez, copias del sermón. Luego cada una de aquellas nueve personas hizo lo mismo con otras nueve, y así sucesivamente. De esta manera, al cabo de poco tiempo, toda la zona oía el sermón de la semana. […] La solución de Eric se llamó la “Iglesia del Te de la Tarde”.
Termino “según mi opinión”
celebrando a Dios por los recursos que tenemos y que son suyos. Las Redes,
Grupos, Canales de YouTube, Apps, Skype, líneas telefónicas, Facebook, y otros
tantos más ayudaron a que la iglesia “se vea y se escuche”. Sin embargo,
los cristianos del primer siglo nos enseñan dos cosas relevantes:
- Se reunían para tener comunión -koinonia-, no un culto.
- Nos muestran que la comunión nace de un encuentro transformador con Jesús. Si no, no tiene sentido.
Gracias Dios mío... Hoy, en este domingo
“hermosamente extraño” entendí lo que significa ESTAR EN KOINONÍA CON MIS
HERMANOS.
Dios te bendiga y
buena jornada.
Lic. Roberto R. Góngora
Pastor - Licenciado en Teología
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